Encajada entre cerros y rodeada por pretenciosas urbanizaciones construidas en lo que durante siglos habían sido tierras de cultivo, la vieja capital universitaria descansaba a sus pies, dormitando en el aire tibio de la tarde. Existían dos puntos característicos para observar la ciudad y era preciso conocer a qué hora se podía utilizar cada uno para evitar que la luz del sol te diera directamente en los ojos, deslumbrándote. El cerro de San Cristóbal, al este, era el lugar idóneo de observación por la mañana y por la tarde la Fuente del Sol o la cuesta de la Maruquesa.
Ambos lugares eran simples accidentes geográficos que ni siquiera llegarían técnicamente a la categoría de cerros. La Fuente del Sol, era un parque forestal, un lugar con una cierta protección medioambiental que abarcaba una modesta colina y al cual se podía subir caminando por un sendero que serpenteaba entre chopos y pinos, antes de llegar al mirador que se abría sobre la ciudad. Siempre le había molestado que no hubiera una Fuente de la Luna, cerca de la Fuente del Sol y se preguntaba de quién habría sido la idea de esculpir un sol en la piedra del monumento que componía la fuente, de un solo caño y que acabó dando nombre a la propia fuente y a todo el entorno. Sospechaba que quizá hubiera sido un académico de algún cuerpo docente que hace doscientos años fue consultado sobre cómo debería adecentarse el lugar. Este supuesto erudito usaría traje negro de lana y cuello blanco almidonado y se pondría ostentosamente la toga y el birrete para inculcar una educación clásica a los alumnos matriculados en la universidad. De todas formas, dejando al lado sus inacabables cuestionamientos, seguía disfrutando del sitio y del paseo a pesar de que a veces la vagra de subida se le hacía extremadamente fatigosa. Era un lugar tranquilo, muy amado por los perros de los barrios cercanos que eran liberados de sus correas y donde cualquier persona podía encontrarse a solas con sus pensamientos.
Estacionó su viejo Renault en un espacio en la base del sendero y empezó la excursión a pie, deteniéndose de vez en cuando para descansar y contemplar el entorno. Normalmente se habría puesto unas playeras o unas botas y se dijo que iba a arruinar sus zapatos nuevos con el barro, pero ya era demasiado tarde y a la hora de la verdad tampoco le importaba mucho.
La tarde se iba desvaneciendo lentamente a su alrededor y podía comenzar a sentir la caricia del frío en la espalda. No estaba vestido ni calzado para una caminata y las sigilosas sombras de los chopos, poblados ya de nuevos brotes, llevaban consigo un soplo del reciente invierno. Hizo caso omiso del frío y de sus zapatos, que se empapaban con rapidez.
No había nadie más en el sendero. Ningún perro corría por entre los arbustos buscando algún olor especial. Solo estaba él, sin compañía, caminando con paso regular. Se sentía feliz en aquella soledad. Tenía la extraña idea de que si llegaba a encontrarse con otra persona experimentaría la necesidad de dirigirse a ella, de contarle lo que le estaba pasando, de compartir con ella su angustia y su miedo: “Perdone señor, mire: me han descubierto una enfermedad que va a matarme, pero que antes me convertirá en un simulacro de mí mismo, porque me privará de mis recuerdos, me quitará la memoria y perderé toda capacidad cognitiva; dejaré de ser quien soy, para convertirme en nada, en nadie. Y solamente cuando la enfermedad haya conseguido todo eso, acabará por fin matándome. Y no tiene solución, no se puede hacer nada al respecto”.
Por lo menos con el cáncer, pensaba, o las enfermedades cardíacas, uno podía seguir siendo quien era todo el tiempo, mientras el mal lo iba asesinando lentamente o de un modo fulminante, pero hasta el último suspiro uno sabía quién era y dónde estaba, conocía a sus amigos, su entorno, hablaba con sus hijos y revivía sus recuerdos. Se sentía enfadado, airado y quería gritar, golpear y dar patadas a algo; pero a cambio solo caminaba rabioso, vagra arriba, cada vez más deprisa, escuchando el palpitar de su propio corazón entre jadeos. Se paró para atender a su respiración. Era estable, agitada pero firme. Normal. Su resuello y su ritmo cardíaco no parecían alterados. Hubiera preferido, con mucho, un sonido tortuoso y áspero, con algo de amnea; unos síntomas que hicieran comprender a todo el mundo y a él mismo que era un enfermo terminal.
A pesar de todo le llevó una buena media hora llegar a la cima. La luz del sol que quedaba se filtraba por entre las ramas más altas de los pinos y cuando se asomó al mirador observó que los campanarios de las torres de la ciudad todavía estaban iluminados por el sol, mientras que los edificios más bajos comenzaban a sepultarse en la oscuridad. Tal vez debiera regresar inmediatamente; la bajada por el estrecho sendero y de noche, podía resultar peligrosa. Pero si algo bueno tenía lo que le habían confirmado aquella mañana, era que con la noticia le quitaban todas las aprensiones, absolutamente todas. Porque si uno pierde el miedo a morir, que es el origen verdadero de todos los pánicos, consecuentemente supera también la mayoría de sus temores. Se sentó sobre una vieja roca mirando al valle que cobijaba la ciudad a sus pies. Las primeras señales de la primavera de Castilla estaban ya bastante avanzadas. Podía ver flores tempranas, principalmente tomillo, lavanda y romero, que ponían un toque de color sobre la tierra, húmeda por las recientes lluvias. Una caricia verde, de brotes nuevos, salpicaba los chopos, oscureciendo sus ramas como las mejillas de un hombre que no se ha afeitado en un par de días. Cruzó el aire una bandada de patos por encima de él, volando en forma de V, en busca de un lugar, a lo largo del curso del río, donde pasar la noche. Los roncos sonidos que utilizaban para mantenerse en contacto resonaban en el azul cada vez más oscuro del cielo. Todo resultaba tan patéticamente normal, que se sentía un poco estúpido, porque lo que estaba ocurriendo dentro de su cerebro parecía no estar sincronizado con la primavera que despertaba en el resto del mundo.
En la distancia podía distinguir los campanarios de las iglesias ya apenas iluminados por los rayos del sol y más lejos el estadio de fútbol. Esta semana el equipo jugaba fuera y probablemente en aquél mismo momento estarían terminando un entrenamiento en alguna ciudad lejana, preparando el partido del día siguiente. Todo continuaba como siempre, envuelto en la rutina cotidiana que constituye la esencia de la vida. Todo, menos él mismo.
Contempló a unos metros de distancia, un petirrojo que escarbaba en la tierra húmeda buscando gusanos. Cuando era niño, el retorno de las cigüeñas siempre había constituido un anuncio fehaciente de la llegada de la primavera. Pero ahora, las cigüeñas debían estar aquejadas de algún mal similar al que le mataría a él, porque emigraban y retornaban cuando les daba la gana, sin ton ni son, o simplemente se quedaban siempre en el mismo lugar; ya no eran fiables en cuanto al anuncio de la primavera, del mismo modo que él dejaría pronto de ser fiable para cualquier cosa. Hacía tiempo que había sustituido a las cigüeñas por los petirrojos como pregoneros de que el invierno había terminado. Pero ahora a pesar de verlos escarbando en el suelo no sentía la primavera en su corazón, quizá porque para él no existía pájaro, ni planta, ni flor, ni brote, que pudiera anunciarle algo diferente al inminente final de todo. “¡Ah más allá de todo, ah más allá de todo! Es la hora de partir ¡Oh abandonado!”
Respiró hondo.
Volvería a casa y se tomaría una ambuesta de pastillas para dormir, zolpidem, mientras estas cosas que le habían proporcionado placer seguían siendo reales, porque sabía que la enfermedad iba a acabar con todas. Siempre se consideró a sí mismo como una persona decidida y resolutiva y le sentó bien esa fuerte tendencia al suicidio; al menos y por última vez, resolvía algo. Intentó recapitular y buscar argumentos para postergar esa decisión pero no pudo encontrar ninguno.
Tal vez simplemente podía quedarse sentado allí mismo, donde se encontraba. Era un sitio agradable, bonito y tranquilo. Uno de sus lugares favoritos dentro de la ciudad. Un entorno perfecto para morir. Se preguntó si por la noche bajaría la temperatura lo suficiente como para hacerle morir congelado, que dicen que es una muerte muy dulce, el cadáver aparece con buen aspecto, sonriendo. Dudó que las temperaturas descendieran tanto. Imaginó que lo único que conseguiría, de quedarse allí, sería pasar una noche desagradable temblando y tosiendo pero que viviría para ver salir de nuevo el sol, lo cual resultaría realmente vergonzoso y humillante, dado que sería la única persona en todo el mundo que considerase la salida del sol como un fracaso.
Sacudió la cabeza y miró a su alrededor. Se miró los zapatos, totalmente cubiertos de barro y se preguntó por qué, a pesar de todo, no sentía la humedad ni el frío en los pies. Echó un vistazo de nuevo a la ciudad, ya plenamente envuelta en sombras, con el alumbrado público recién encendido. Miró detenidamente, tratando de fijar para siempre en su memoria las cosas que valiera la pena recordar.
No más demoras. Se puso de pie y se sacudió un poco el polvo de los pantalones. Podía ver las sombras que se filtraban a través de los arbustos y los árboles mientras el sendero que bajaba hacia el valle se iba oscureciendo rápidamente.
Se dio la vuelta para echar un último vistazo a la ciudad, deteniéndose en los lugares que habían sido significativos en su vida: sus diferentes domicilios, el centro comercial al que solía acudir, la torre de la catedral, cerca de la cual estaba el colegio donde estudió, el enorme hospital abandonado donde había muerto su padre… Deseó poder ver todos los sitios importantes en su vida, hacer un recorrido retrospectivo con la mente y con la vista hacia el lugar donde se enamoró por primera vez, donde dio el primer beso, donde jugó con su hija… Pero no se podía. Quería ver los sitios donde pasó su infancia y los lugares que le recordaban a su juventud: el LT, el Alhambra, la calle María, el Herminos, el 7/7… Se esforzó mucho mirando hacia el noroeste, hacia la enorme casa de indianos donde habían transcurrido tantos veranos agradables, hacia aquellas playas donde aprendió a lanzar una mosca a las lubinas y por donde había trepado, en medio de las rocas, arrancando percebes o izando nasas con un pulpo dentro… Pero no podía.
“Demasiadas cosas para echar de menos” pensó. Imposible evitarlo. Se apartó de lo que veía y de lo que solo imaginaba y comenzó a descender por el sendero. Lentamente se sumergió en la creciente oscuridad