martes 4 de enero de 2011

El Alzheimer

Encajada entre cerros y rodeada por pretenciosas urbanizaciones construidas en lo que durante siglos habían sido tierras de cultivo, la vieja capital universitaria descansaba a sus pies, dormitando en el aire tibio de la tarde. Existían dos puntos característicos para observar la ciudad y era preciso conocer a qué hora se podía utilizar cada uno para evitar que la luz del sol te diera directamente en los ojos, deslumbrándote. El cerro de San Cristóbal, al este, era el lugar idóneo de observación por la mañana y por la tarde la Fuente del Sol o la cuesta de la Maruquesa.

Ambos lugares eran simples accidentes geográficos que ni siquiera llegarían técnicamente a la categoría de cerros. La Fuente del Sol, era un parque forestal, un lugar con una cierta protección medioambiental que abarcaba una modesta colina y al cual se podía subir caminando por un sendero que serpenteaba entre chopos y pinos, antes de llegar al mirador que se abría sobre la ciudad. Siempre le había molestado que no hubiera una Fuente de la Luna, cerca de la Fuente del Sol y se preguntaba de quién habría sido la idea de esculpir un sol en la piedra del monumento que componía la fuente, de un solo caño y que acabó dando nombre a la propia fuente y a todo el entorno. Sospechaba que quizá hubiera sido un académico de algún cuerpo docente que hace doscientos años fue consultado sobre cómo debería adecentarse el lugar. Este supuesto erudito usaría traje negro de lana y cuello blanco almidonado y se pondría ostentosamente la toga y el birrete para inculcar una educación clásica a los alumnos matriculados en la universidad. De todas formas, dejando al lado sus inacabables cuestionamientos, seguía disfrutando del sitio y del paseo a pesar de que a veces la vagra de subida se le hacía extremadamente fatigosa. Era un lugar tranquilo, muy amado por los perros de los barrios cercanos que eran liberados de sus correas y donde cualquier persona podía encontrarse a solas con sus pensamientos.

Estacionó su viejo Renault en un espacio en la base del sendero y empezó la excursión a pie, deteniéndose de vez en cuando para descansar y contemplar el entorno. Normalmente se habría puesto unas playeras o unas botas y se dijo que iba a arruinar sus zapatos nuevos con el barro, pero ya era demasiado tarde y a la hora de la verdad tampoco le importaba mucho.

La tarde se iba desvaneciendo lentamente a su alrededor y podía comenzar a sentir la caricia del frío en la espalda. No estaba vestido ni calzado para una caminata y las sigilosas sombras de los chopos, poblados ya de nuevos brotes, llevaban consigo un soplo del reciente invierno. Hizo caso omiso del frío y de sus zapatos, que se empapaban con rapidez.

No había nadie más en el sendero. Ningún perro corría por entre los arbustos buscando algún olor especial. Solo estaba él, sin compañía, caminando con paso regular. Se sentía feliz en aquella soledad. Tenía la extraña idea de que si llegaba a encontrarse con otra persona experimentaría la necesidad de dirigirse a ella, de contarle lo que le estaba pasando, de compartir con ella su angustia y su miedo: “Perdone señor, mire: me han descubierto una enfermedad que va a matarme, pero que antes me convertirá en un simulacro de mí mismo, porque me privará de mis recuerdos, me quitará la memoria y perderé toda capacidad cognitiva; dejaré de ser quien soy, para convertirme en nada, en nadie. Y solamente cuando la enfermedad haya conseguido todo eso, acabará por fin matándome. Y no tiene solución, no se puede hacer nada al respecto”.

Por lo menos con el cáncer, pensaba, o las enfermedades cardíacas, uno podía seguir siendo quien era todo el tiempo, mientras el mal lo iba asesinando lentamente o de un modo fulminante, pero hasta el último suspiro uno sabía quién era y dónde estaba, conocía a sus amigos, su entorno, hablaba con sus hijos y revivía sus recuerdos. Se sentía enfadado, airado y quería gritar, golpear y dar patadas a algo; pero a cambio solo caminaba rabioso, vagra arriba, cada vez más deprisa, escuchando el palpitar de su propio corazón entre jadeos. Se paró para atender a su respiración. Era estable, agitada pero firme. Normal. Su resuello y su ritmo cardíaco no parecían alterados. Hubiera preferido, con mucho, un sonido tortuoso y áspero, con algo de amnea; unos síntomas que hicieran comprender a todo el mundo y a él mismo que era un enfermo terminal.

A pesar de todo le llevó una buena media hora llegar a la cima. La luz del sol que quedaba se filtraba por entre las ramas más altas de los pinos y cuando se asomó al mirador observó que los campanarios de las torres de la ciudad todavía estaban iluminados por el sol, mientras que los edificios más bajos comenzaban a sepultarse en la oscuridad. Tal vez debiera regresar inmediatamente; la bajada por el estrecho sendero y de noche, podía resultar peligrosa. Pero si algo bueno tenía lo que le habían confirmado aquella mañana, era que con la noticia le quitaban todas las aprensiones, absolutamente todas. Porque si uno pierde el miedo a morir, que es el origen verdadero de todos los pánicos, consecuentemente supera también la mayoría de sus temores. Se sentó sobre una vieja roca mirando al valle que cobijaba la ciudad a sus pies. Las primeras señales de la primavera de Castilla estaban ya bastante avanzadas. Podía ver flores tempranas, principalmente tomillo, lavanda y romero, que ponían un toque de color sobre la tierra, húmeda por las recientes lluvias. Una caricia verde, de brotes nuevos, salpicaba los chopos, oscureciendo sus ramas como las mejillas de un hombre que no se ha afeitado en un par de días. Cruzó el aire una bandada de patos por encima de él, volando en forma de V, en busca de un lugar, a lo largo del curso del río, donde pasar la noche. Los roncos sonidos que utilizaban para mantenerse en contacto resonaban en el azul cada vez más oscuro del cielo. Todo resultaba tan patéticamente normal, que se sentía un poco estúpido, porque lo que estaba ocurriendo dentro de su cerebro parecía no estar sincronizado con la primavera que despertaba en el resto del mundo.

En la distancia podía distinguir los campanarios de las iglesias ya apenas iluminados por los rayos del sol y más lejos el estadio de fútbol. Esta semana el equipo jugaba fuera y probablemente en aquél mismo momento estarían terminando un entrenamiento en alguna ciudad lejana, preparando el partido del día siguiente. Todo continuaba como siempre, envuelto en la rutina cotidiana que constituye la esencia de la vida. Todo, menos él mismo.

Contempló a unos metros de distancia, un petirrojo que escarbaba en la tierra húmeda buscando gusanos. Cuando era niño, el retorno de las cigüeñas siempre había constituido un anuncio fehaciente de la llegada de la primavera. Pero ahora, las cigüeñas debían estar aquejadas de algún mal similar al que le mataría a él, porque emigraban y retornaban cuando les daba la gana, sin ton ni son, o simplemente se quedaban siempre en el mismo lugar; ya no eran fiables en cuanto al anuncio de la primavera, del mismo modo que él dejaría pronto de ser fiable para cualquier cosa. Hacía tiempo que había sustituido a las cigüeñas por los petirrojos como pregoneros de que el invierno había terminado. Pero ahora a pesar de verlos escarbando en el suelo no sentía la primavera en su corazón, quizá porque para él no existía pájaro, ni planta, ni flor, ni brote, que pudiera anunciarle algo diferente al inminente final de todo. “¡Ah más allá de todo, ah más allá de todo! Es la hora de partir ¡Oh abandonado!”

Respiró hondo.

Volvería a casa y se tomaría una ambuesta de pastillas para dormir, zolpidem, mientras estas cosas que le habían proporcionado placer seguían siendo reales, porque sabía que la enfermedad iba a acabar con todas. Siempre se consideró a sí mismo como una persona decidida y resolutiva y le sentó bien esa fuerte tendencia al suicidio; al menos y por última vez, resolvía algo. Intentó recapitular y buscar argumentos para postergar esa decisión pero no pudo encontrar ninguno.

Tal vez simplemente podía quedarse sentado allí mismo, donde se encontraba. Era un sitio agradable, bonito y tranquilo. Uno de sus lugares favoritos dentro de la ciudad. Un entorno perfecto para morir. Se preguntó si por la noche bajaría la temperatura lo suficiente como para hacerle morir congelado, que dicen que es una muerte muy dulce, el cadáver aparece con buen aspecto, sonriendo. Dudó que las temperaturas descendieran tanto. Imaginó que lo único que conseguiría, de quedarse allí, sería pasar una noche desagradable temblando y tosiendo pero que viviría para ver salir de nuevo el sol, lo cual resultaría realmente vergonzoso y humillante, dado que sería la única persona en todo el mundo que considerase la salida del sol como un fracaso.

Sacudió la cabeza y miró a su alrededor. Se miró los zapatos, totalmente cubiertos de barro y se preguntó por qué, a pesar de todo, no sentía la humedad ni el frío en los pies. Echó un vistazo de nuevo a la ciudad, ya plenamente envuelta en sombras, con el alumbrado público recién encendido. Miró detenidamente, tratando de fijar para siempre en su memoria las cosas que valiera la pena recordar.

No más demoras. Se puso de pie y se sacudió un poco el polvo de los pantalones. Podía ver las sombras que se filtraban a través de los arbustos y los árboles mientras el sendero que bajaba hacia el valle se iba oscureciendo rápidamente.

Se dio la vuelta para echar un último vistazo a la ciudad, deteniéndose en los lugares que habían sido significativos en su vida: sus diferentes domicilios, el centro comercial al que solía acudir, la torre de la catedral, cerca de la cual estaba el colegio donde estudió, el enorme hospital abandonado donde había muerto su padre… Deseó poder ver todos los sitios importantes en su vida, hacer un recorrido retrospectivo con la mente y con la vista hacia el lugar donde se enamoró por primera vez, donde dio el primer beso, donde jugó con su hija… Pero no se podía. Quería ver los sitios donde pasó su infancia y los lugares que le recordaban a su juventud: el LT, el Alhambra, la calle María, el Herminos, el 7/7… Se esforzó mucho mirando hacia el noroeste, hacia la enorme casa de indianos donde habían transcurrido tantos veranos agradables, hacia aquellas playas donde aprendió a lanzar una mosca a las lubinas y por donde había trepado, en medio de las rocas, arrancando percebes o izando nasas con un pulpo dentro… Pero no podía.

“Demasiadas cosas para echar de menos” pensó. Imposible evitarlo. Se apartó de lo que veía y de lo que solo imaginaba y comenzó a descender por el sendero. Lentamente se sumergió en la creciente oscuridad

jueves 9 de diciembre de 2010

La tía Perdiz

La tía Perdiz vivía en una casa pequeñita de dos plantas, siempre bien encalada, con un balconcito de madera entre dos ventanas gemelas y una puerta de dos hojas. El edificio tenía la misma fisonomía que un muñeco impresionista, con ojos, nariz y boca, que llevara puesta en la cabeza una caperuza puntiaguda de tejas rojas. Cuando la tía Perdiz tenía una ventana cerrada y la otra abierta, parecía que la casa estaba guiñando un ojo.

La tía Perdiz vendía tabaco, mecheros de gasolina de aquellos de martillo, cerillas, chisqueros de mecha, piedras de pedernal y todo aquello que se suele vender en un estanco. El despacho al público lo tenía en la planta baja y lo primero que la gente se encontraba al entrar en la casa era un mostrador y un fondo de estanterías repletas de cajetillas de tabaco de diferentes marcas y colores que confería a la estancia un aspecto polícromo y variopinto.

Apenas nadie pasaba del mostrador pero dentro de la casa todo estaba muy limpio y ordenado, con el suelo luminoso de cera y en la sala lucía un sofá impresionante, protegido con una funda de lienzo marcada con una enorme letra roja bordada a punto de cruz. En la cocina, siempre cálida, brillaba una chocolatera de cobre y por el ventanuco que había sobre el fregadero se veían las ramas de un árbol que el viento mecía suavemente. La casa de la tía Perdiz era, según yo la recuerdo, un lugar apacible, silencioso, sombrío y templado como lo debe ser el seno materno.

El dormitorio era lo más recóndito y un territorio sagrado para la familia, donde nacieron y murieron los antepasados de la casa. La vieja tía Perdiz era la guardiana de esta cámara de nacer y morir, siempre vedada a las profanadoras miradas de los extraños. Allí, incluso el aire tenía que entrar a hurtadillas. La vieja dormía en el mismo lecho en el que vino al mundo: una cama de roble torneado carcomida de silencios y soledades. Sobre la mesa de noche una imagen de la Virgen de las Nieves y a su pie una lamparita de aceite, siempre encendida, que inundaba todo con un aroma triste y misterioso. Esta lámpara, en otro tiempo fue simplemente un antiguo azucarero de cristal. Pero la tía Perdiz lo reconvirtió, con una mecha de algodón y un pedacito de corcho flotando, en una lamparita que permanecía encendida día y noche para mayor gloria de la Virgen de las Nieves, emitiendo una lucecita que parecía muerta de pena por las moscas que, atraídas por la luz, acababan suicidándose en el aceite.

No guardo más recuerdos de su casa, pero en cambio tengo en la memoria un baúl de recuerdos de su bondad.

La tía Perdiz, llena de achaques, no reparaba en quitárselo ella mima de la boca para mandarlo a los niños de Paco, un hijo que tenía casado viviendo en otro pueblo.

La pobre vieja se mantenía de recortes de la carnicería, arenques y algunos chicharros pequeños y llenos de espinas, de esos que compran las señoras gordas y pudientes para alimentar a sus gatos. Y todo lo hacía por ahorrar, para los niños de Paco.

En días señalados, la tía Perdiz les mandaba a los nietos un cajón lleno de cosas de comer y se quedaba pensando en cómo contentar a los chavales. La caja siempre contenía golosinas de mérito: chorizos, trozos de jamón, una docena de huevos, una tarta, rosquillas de palo, azúcar…
Paco bien merecía las ayudas de su madre, porque vivía hecho un azacán; él, que había sido el mozo más presumido del pueblo y por quien se volvían locas las chicas de más renombre.

Se casó Paco y en seguida comenzaron a lloverle hijos del cielo. El joven, antes alegre y juerguista, fue cambiando hasta convertirse en un hombre ácido y seco, estrujado por el trabajo y las cavilaciones. Los niños nacían gorditos y guapos, como angelotes de un retablo barroco, pero hacía falta mucho pan para tantos piquitos abiertos.

La camada de los hijos de Paco llenaba de llantos el amanecer y el pobre padre tenía que levantarse, con el cuerpo magullado por el trabajo de la víspera. Los chavales no paraban de pedir; ellos comían, comían y sus caritas alegres y bonitas siempre mostraban la huella del hambre. El pobre Paco llegó a darse cuenta de que las barriguitas de sus hijos jamás llegarían a verse llenas y se dedicó a trabajar sin descanso, resignado con su triste suerte.

Cuando llegaba el cajón de la tía Perdiz, los chavales bailaban a su alrededor y no abandonaban la casa mientras el cajón no acabara de vaciarse en sus tripitas. Cuando no se veía a ninguno de los hijos de Paco por las calles del pueblo, era señal de que había llegado el cajón de la tía Perdiz.

Paquito, el hijo mayor de Paco, vino a vivir con su abuela. Era un chaval manso, melindroso y dulce, pero también holgazán, cachazudo y más que nada comilón y goloso. Había pasado tanta hambre de niño que jamás podía ver comer a alguien sin pedir su parte y muchas veces daba asco verlo tan ansioso siempre y tan hambriento aunque estuviese reventando de comida.

Cuando algún compañero comía algo, Paquito se llegaba a él lentamente y le decía con verdadera humildad:

_ No tires los restos ¿eh?

Después Paquito fijaba sus ojos de buey sobre la garganta del compañero con el ansia de un mendicante que atisba un banquete de bodas y le decía con mucha sumisión:

_ Bien me podrías dejar un pedazo.

El truhán sabía que la comida no aprovecha si un hambriento nos está contando los bocados y con cada mordisco que veía dar, Paquito se alarmaba:

_ Que mordisco le metiste, si le das otro igual no dejas ni los restos.

Paquito no le quitaba ojo al chaval hasta sacarle la comida de la boca a base de persuasión.

Lo mejor que se podía inventar para comer tranquilamente estando Paquito delante, era darle a él un pedazo y mirarle desde lejos. Porque era necesario comer con ligereza, sino todavía era capaz de venir a pedirnos los restos.

Los días de verano, al anochecer, Paquito y su amigo Satur, se sentaban a la puerta de la casa de la tía Perdiz, tomando el fresco y espantando los mosquitos, mientras los mayores hablaban de sus cosas.

_ Yo –decía el amigo- si fuese muy rico, muy rico, andaría siempre montado en un caballo blanco.

_ Pues yo si fuese muy rico, muy rico, comería tres tartas diarias.

Y con estos cuentos pasaban el tiempo. Paquito le enseñaba las letras a Satur y este a cambio le pagaba con peras y manzanas que robaba del huerto del cura y que el comilón devoraba con fruición inmediatamente.

_ Mañana puedes ir a por melocotones donde el secretario…

_ ¡Tú mucho hablas! Pero tiene un perro que… ¡Yo voy a por las manzanas del cura, pero no a por los melocotones del secretario…!

_ Pues si no traes melocotones no te enseño más letras.

Y a la tarde siguiente aparecía el pobre Satur con un canasto lleno de melocotones.

A Paquito todo le daba miedo: no tiraba piedras por temor a hacerse daño en el brazo, la daba pavor meterse en el agua fría del arroyo y tan pronto como imaginaba que iba a haber una pelea entre muchachos echaba a correr para no verse envuelto en ella. Esto era tan grave que su abuela pensaba a veces que había nacido para cura… ¡Si no fuese tan comilón! Pero aun con ese defecto, los mismos compañeros de la escuela pensaban que era un cura pintiparado. La tía Perdiz pasó muchas noches sin dormir echando cuentas y al fin determinó hacer fraile a Paquito para lo cual habló con el prior de un convento cercano para que admitiesen a su nieto de novicio. Pero las cosas no fueron bien porque Paquito tropezó con el latín y hacía más visitas a la cocina de las que convenía, siempre buscando algo para comer.

_ ¿A qué vienes tú al noviciado? –le decía el maestro de novicios- ¿Crees que con estar aquí ya se te va a meter el latín en la cabeza? Aunque te comieses el libro de gramática latina con pastas y todo no te valdría; y cuidado que te sería más fácil meterlo en el estómago que en la cabeza. Vete con tu abuela y dile que no te mande más.

Así que al cabo de pocas semanas el chaval estaba de nuevo en casa de su abuela, dando por finalizada su experiencia religiosa.

El alcalde del pueblo se llamaba Don Andrés y no era político por ideas, sino porque, acabada la guerra, comprendió que meterse en la política podía proporcionarle un modo suculento de llenar sus cajones de dinero, eso que no había empezado en la vida con ellos vacíos, pues venía de una de las familias más ricas del pueblo. Delató a tantos republicanos como pudo, aún a sabiendas de que para muchos de ellos eso suponía el paredón; perdió la voz cantando el Cara al Sol tantas veces como fue necesario y aun un ciento más; se desgañitó berreando vivas a Franco y arribas a España pero al fin consiguió hacerse buen amigo del gobernador y que este le nombrara alcalde. Como era inteligente y no tenía escrúpulos de conciencia, llevaba en el cargo veinte años y después de tanto tiempo tenía buena mano en la diputación y conocía a casi todas las personas importantes de la provincia.

Don Andrés por fuera se parecía a uno de esos prestamistas judíos de las viejas pinturas flamencas, y por dentro también. Su casa era como el estanco de la tía Perdiz, con la diferencia de que él no vendía tabaco sino dinero. En concreto duros a siete pesetas. Cuando estaba en tratos con una nueva víctima se le dibujaba en los labios un rictus de alegría, como si le rascasen la espalda. Pero en la cara jamás se le vio la risa limpia y franca de los hombres de bien. Era muy ruin y camandulero y tenía a tanta gente cogida en sus papeles que además de asco, daba miedo.

Don Andrés no tenía ningún vicio, si no fuera el de jugar a la lotería y siempre mandaba un duro de participación a un asilo de ancianos. Los pobres tienen mucho valimiento en el Cielo y ¡quién sabe! Porque a lo mejor la Divina Providencia quería que le cayera algún premio de la lotería al asilo y así de paso, él también se llevaba una parte. Una vez le tocó y su riqueza aumentó mucho. Pero cuanto más rico, más ruin.

Don Andrés y la tía Perdiz fueron un poco novios de niños, con uno de aquellos amores platónicos y románticos que ya casi nadie recuerda que existían. Cuando llegaron a viejos olvidaron rencores y porfías e hicieron las paces con una amistad sincera y leal por parte de ella. Un día, la tía Perdiz le pidió un favor a Don Andrés:

_ No sabes cuánto te agradecería que metieses a mi nieto de escribiente en el Ayuntamiento. El pobre chaval no vale para los libros, le cansan, no tiene cabeza… Y anda triste y amargado dando vueltas por el pueblo.

_ Por tratarse de un nieto tuyo se hará lo que se pueda. Pero escucha un consejo: era mejor que lo hicieras sastre, por ejemplo. Tu nieto no hará carrera en el Ayuntamiento ¿Entiendes? Aunque llegase a saber mucho y aunque pudiera valer para obispo, pongo por caso; pero no tiene pinta de agudo para hacerse un hombre escribiendo papeles en el Ayuntamiento.

_ Contando con tu ayuda… El chaval es como el pan ¿sabes? Muy bueno y muy bien mandado.

_ Bien. Allá tú. Manda mañana a Paquito al Ayuntamiento para que se vaya enterando poco a poco de los trabajos que tendrá que hacer y luego ya veremos.

_ Pues que Dios te lo pague, hombre.

Paquito se turbó cuando supo que iba a entrar de meritorio en el Ayuntamiento, porque ya se había acostumbrado a la vida de holganza. Y luego, en su interior, sentía un miedo sordo a entrar en tratos con gentes superiores, donde se pondría a la vista su ignorancia y donde le afearían su incompetencia.

En las oficinas municipales se cansó de estropear pliegos de papel de barba. El Secretario ya no sabía qué encargarle y Paquito se pasaba el tiempo con los ojos fijos en el reloj de péndulo, esperando la hora de comer.

Con la vieja máquina Remington escribía oficios pequeñitos, donde las equivocaciones fueran imposibles, pegaba sobres y sellos, ordenaba los boletines oficiales y le hacía los recados al Secretario.

Paquito no era hombre de voluntad. Cierto día se encontró con una caja de pastas y no fue capaz de dejarla sin encetar. Comenzó a pellizcar los bordes de alguna y acabó comiendo las pastas todas, sin dejar una miga. En las oficinas municipales no encontró cosa mejor en la que poner sus ojos deseosos, porque los ojos de Paquito estaban al servicio de la tripa y mal podían interesarle el papel o la máquina de escribir que ni se comen ni se beben. En todo el tiempo que estuvo en la Casa Consistorial, solamente miró con simpatía aquella caja de pastas.

De allí a poco Don Andrés llamó a la tía Perdiz para darle las quejas.

_ ¿Sabes? Tu nieto se comió una caja entera de pastas, enterita. Cosas de chavales; pero el material que estropea cuesta dinero y es necesario que le des al Secretario cinco duros. La caja de pastas no valía menos ¿sabes?... Yo lo siento mucho, pero…

La tía Perdiz, en un arrebato de desengaño, se dio cuenta de toda la miseria de la vida y sintió añoranza de la misma muerte. Paquito nunca volvió al Ayuntamiento.

Para cumplir la manda de una rica señorona, hubo en el pueblo una Santa misión. Los frailes predicadores atemorizaban los espíritus golpeado en todas las conciencias con el terrible “Dies irae”. En el último sermón hombres y mujeres, bajo la barbilla del predicador, temblaban de miedo a condenarse. Entonces el fraile, con voz quebrada, anunció que a media noche tocarían a muerto las campanas de la iglesia, llamando a las almas al arrepentimiento. Sería la señal para que se restituyesen las honras y los provechos robados; sería un aviso del más allá, para que los poseídos por el resentimiento, supiesen perdonar.

_ Esta noche –decía el predicador- dejad las puertas abiertas y vuestros enemigos entraran a pediros perdón. Abrid también los brazos para recibirlos con alegría, como a hermanos que llegan de lejos.

Y aquella noche todos los vecinos dejaron las puertas abiertas de par en par y esperaron sentados y llenos de caridad cristiana. Pero en el fondo del fondo de la conciencia les movía el endiablado orgullo de perdonar humillando y el deseo malsano de descubrir enemigos ocultos. No es necesario decir que el mismo Don Andrés mandó a la criada dejar las puertas abiertas, por si algún vecino arrepentido quería venir a pedirle perdón.

Y ocurrió que todos se sintieron víctimas de injusticias y deseosos de perdonar, pero ninguno tuvo la necesidad de vaciar en casa de su vecino el saco de sus pecados. Solamente la tía Perdiz revolvió en los lodos de su conciencia con tal humildad que se sintió pecadora.

_ Anda Paquito, vamos rápido a casa de Don Andrés.

Cuando en la torre de la iglesia sonaban las campanadas escalofriantes, la vieja y el nieto atravesaron las calles de pueblo, desiertas, muertas de soledad. Llegaron a la puerta de Don Andrés y entraron en la casa.

El viejo ladrón aguardaba apoltronado en un sillón de cuero.

_ ¡Vete! ¡Vete! Pero tú mujer ¿qué me has hecho?

_ ¡Yo, Andrés, pequé con el pensamiento! Te tengo mucha envidia y le pedí a la Virgen de las Nieves que te arruinases, que ardiesen todos tus papeles y que un día llegases a necesitar de mi nieto. Vengo a pedirte perdón, por el amor de Dios.

_ Bueno, mujer, bueno ¡Ah si todos fuesen tan angelicos como tú! Porque ¿sabes? Las gentes de este pueblo son muy ruines y tiene que venir un castigo del cielo.

_ ¡No hay temor de Dios!

_ ¿Tú has visto pardales este año?

_ Hombre… No he mirado.

_ ¿Y golondrinas? ¿Viste golondrinas?

_ No me doy cuenta.

_ Pues te digo yo que hay señales de epidemia. Tiene que llegar un castigo ¿sabes? Porque la gente no tiene miedo a la justicia divina. Ahora, ni a mí mismo me respetan. ¡Ni a mí! ¿Sabes que podría mandarlos detener a todos? Solamente tú, buena mujer, vienes a pedirme perdón, porque eres de mi edad, del tiempo en el que había respeto.

Siguieron hablando. Don Andrés desembuchando como un patriarca justo. La tía Perdiz esmirriada, de pie y con el chicarrón de su nieto al lado. La dialéctica del cacique iba disolviendo, lentamente, la envidia de la vieja, que sentía reverdecer un poco los extintos amores de otro tiempo.

_ Pues para que veas en cuanta estima te tengo –dijo Don Andrés- voy a pedirle al Presidente de la Diputación una plaza de seis mil pesetas al año para Paquito. Un trabajo para toda la vida ¿sabes? Y por ser tú, mujer tan buena, no te voy a cobrar más de 5.000 pesetas por la gestión.

_ ¡Ay Andrés! Si hicieras eso, yo moriría bendiciendo tu nombre.

Cuando la tía Perdiz y su nieto llegaron de vuelta al hogar, sus corazones estaban llenos de felicidad. El de ella, por ver abierto el futuro de su nieto y el de él, por ver feliz a su abuela.

Un buen día se cumplió la promesa de Don Andrés y llegó en el correo el nombramiento de Paquito. Desde esa misma hora el nieto de la tía Perdiz pasó a ser Don Francisco, empleado de la Diputación a cambio de una comisión de mil duros. Una pequeñez.

Cuando Don Andrés puso en las manos del mozo el nombramiento le dio un consejo:

_ Si es que llegas a jefe o puedes hacer favores y los paisanos te quieren regalar un pollo o un lechazo, tú no dejes de cogerlos; pero guárdate de las habladurías. Lo que debes hacer es alquilar un piso en un edificio donde viva un magistrado y así la gente creerá que los regalos son para él.

A la tía Perdiz le llamó la atención el consejo del cacique y con una sonrisa le dijo:

_ Tú, Andrés, no pierdes las mañas.

Para pagarle el favor la pobre mujer tuvo que vender una buena tierra de la herencia de su padre y luego gastó también un Potosí en comprar y mandar hacer ropa aparente para Paquito, que si iba a ser Don Francisco ya tenía que empezar vistiendo como tal, que “mundo ingrato, así te veo, así te trato”. Mientras el nieto engordaba de alegría, la abuela gastaba dinero y además le iban cayendo años en el cuerpo. Con la angustia de pensar que se quedaba sola, en pocas semanas se transformó en una verdadera anciana. El dolor de imaginarse olvidada del nieto, y ahíta de soledad cerca de la muerte, le fue marchitando el alma y el cuerpo. Tenía la mirada desvaída y los ojos tristes de tanto sufrimiento.

Llegó el día de la marcha.

Por los cristales resbalaban ríos de lluvia, que parecían lágrimas en los ojos de la casa. En el alfeizar de una ventana se lavaba un gato, pasándose reiteradamente la pata por el hocico, ajeno a las angustias de su dueña. Paquito sorbía las lágrimas en su cuarto y la vieja sentía puñaladas en el corazón.

Llegó el coche de línea a las Cuatro Calles y le estaba esperando Paquito, vestido con su traje nuevo. La tía Perdiz le abrazó y le llenó de besos las mejillas.

_ ¡Adiós mi niño querido!

Y así pasó, como la tía Perdiz se temía. Porque en los siguientes meses nadie volvió a tener noticias de Paquito.

Y ocurrió que en los primeros días de un otoño, llegó Don Francisco montado en una Lambretta y metiendo mucho ruido, circulando a toda velocidad por la calle principal del pueblo, en derechura a la casa de su abuela. El día era tormentoso y triste; las gallinas se juntaban frente a las puertas cerradas y los surcos de los campos se morían de sed. La tierra ardía y el cielo se llenaba de nubes deshilachadas. Unas ráfagas de viento batían en la cara de Don Francisco y el hombre, a pesar de ser un día triste y desapacible, llevaba el corazón radiante de felicidad porque era dueño de una moto, ya sabía vivir de modo independiente y además volvía al único hogar que había conocido.

Una vieja se fijó en él y al reconocerlo se le llenaron los ojos de lágrimas.

_ ¿Dónde vas Paquito?

_ ¿Dónde voy a ir? A casa de mi abuela.

_ ¡Ay pobrecico! Mira: no vayas. ¡No vayas! Que ya no existe la casa de tu abuela. La pobre, Dios la tenga de su mano, murió ¿sabes?

Don Francisco se quedó petrificado sin terminar de dar crédito a las palabras de la vieja, como abstraído y con la mirada perdida fija en el campanario de la iglesia.

La vieja, compadecida del chaval, le ofreció un vaso de vino y una pasta. Don Francisco parecía una estatua, como quien no siente ni padece. La vieja continuó consolándolo, contándole cuanto había sucedido en la muerte y el entierro de su abuela.

_ ¡Acuérdate de rezar por su alma!

Estas palabras tuvieron la virtud de hacer regresar a Don Francisco y olvidando sus tristes pensamientos se dio cuenta de que estaba a punto de echarse a llorar. Montó en la Lambretta y sin despedirse siquiera de la vieja portadora de malas noticias, arrancó la moto de una rabiosa patada y se dirigió a la salida del pueblo.

El viento le secaba las lágrimas en la cara.

miércoles 20 de octubre de 2010

Apuntes para una novela

Nadie habrá dejado de recordar el espectacular y pavoroso incendio que no hace muchos años se declaró en la recoleta Rúa dos Loureiros en Santiago de Compostela. Al menos ningún santiagués ha podido olvidarlo, porque a pesar de la diligencia y prontitud con la que actuaron los servicios de bomberos y policía, resultó imposible evitar la destrucción de varias casas, e incluso hubo personas que salieron maltrechas y algo asfixiadas aunque gracias al Apóstol llegaron todas a recuperarse. Lo cual ofreció interesante asunto de conversación a los vecinos de Santiago durante varios meses e incluso años y aunque se llevó a cabo una investigación en forma, nunca se pudo determinar el motivo de tan espectacular y descomedido siniestro.

Como todo el mundo sabe o debería saber, la Rúa dos Loureiros es una pequeña calleja, estrecha y torcida, situada extramuros de la ciudad, al lado de lo que fue el cementerio de Bonaval, hoy convertido en parque. Viviendas de bajo y dos plantas, techadas con pizarra, como suele ser habitual en la zona, donde residen familias que conforman una pequeña comunidad regularmente avenida, como ocurre normalmente en las poblaciones que, sin ser aldeas, no alcanzan todavía la categoría de metrópolis. A consecuencia del incendio, varios vecinos perdieron su casa y alguno de ellos jamás volvió a residir allí.

Pero al cabo, la vida recuperó la rutina habitual y el siniestro pasó a convertirse en una historia más, dentro del rico anecdotario de la capital compostelana. Las viviendas afectadas se repararon, algunas fueron derribadas y se construyeron de nuevo con materiales supuestamente más apropiados y hoy la calle tiene un aspecto completamente diferente al que mostraba antes del fuego, aunque continúa siendo una calleja pequeña, estrecha y torcida.

Sabemos que en caso de catástrofe, la policía acordona la zona y los bomberos atacan las llamas hasta apagarlas. Pero en lo que casi nadie piensa es en lo que ocurre después, una vez sofocado el incendio, enfriados los últimos rescoldos y levantado el cerco policial. Pues lo que sucede entonces es que los servicios de limpieza intervienen luego, retirando cascotes, mangueando cenizas y recogiendo desperdicios para tratar de devolver a la zona siniestrada lo más rápidamente posible un aspecto pulido, retirando todo aquello susceptible de constituir un riesgo o una incomodidad para el transeúnte.

Y es el caso que en uno de los edificios completamente arrasados tenía su residencia y despacho un ilustre notario de Santiago que observó impotente asistido por un tagarote como además de su propia vivienda, gran parte de sus archivos y protocolos eran pasto de las llamas y los que no, quedaban inutilizados e inservibles entrando a formar parte de los desperdicios y residuos que la brigada de limpieza recogía a brazadas y depositaba en un contenedor. Allá iban los restos de testamentos, escrituras, libramientos y constituciones de préstamos o hipotecas, manejados sin ningún miramiento por las manos enguantadas del personal del servicio de limpieza.

Y entre todos estos viejos y deteriorados documentos hubo uno, en bastante buen estado de conservación que llamó la atención del operario encargado de arrojarlo al contenedor. Tenía por título o encabezamiento Una historia de amor. Parecía ser un testamento, o por mejor decir, un codicilo que alguien había escrito en fecha no determinada, pues debido a que todo el documento estaba compuesto a mano y con letra no demasiado clara, no le fue posible al limpiador, poco versado en caligrafías, establecer su antigüedad.

Sin embargo el hombre era curioso y determinó guardar aquellos papeles librándolos así de la definitiva destrucción y olvido, para darlos a leer a persona más experta y entendida en letras escritas a mano cuando hubiere lugar y ocasión. Y no se retrasó mucho este momento, pues nuestro hombre tenía por costumbre aplacar la sed por la Rúa de Francos con un tal Vidueiras, amigo y estudiante de Humanidades, a quien le comunicó su hallazgo y la curiosidad que tenía por leer, o al menos tener conocimiento, de lo que en aquel documento o codicilo se contenía.

Y así fue como Vidueiras, joven sagaz y astuto, más mojón que estudiante, leyó con detenimiento aquél escrito, encontrando que era una autobiografía en la cual se relataba casi toda la vida o al menos los más importantes sucesos de ella, de un abogado que había desempeñado su profesión en Castilla y que al parecer escribió la historia encontrándose ya muy enfermo y acabado, queriendo dejar constancia de su existencia y de sus actos. Le pareció al virote que el relato estaba tan bien compuesto, así literariamente como en lo tocante al argumento de la historia, que cabría la posibilidad de retocarlo en las partes que a consecuencia del incendio le faltaban y tratar de darlo a la estampa, para de esta forma enjugar un poco su maltrecha economía. Y aunque era más harón que diligente se puso a ello con dedicación absoluta un par de meses, tiempo durante el cual se tiene constancia de que la venta de tazas de ribeiro descendió en el Franco, pues Vidueiras, que era uno de sus principales consumidores, se encontraba hasta tal punto ocupado y embebido en la composición y retoque de la historia que apenas se dedicaba a otra cosa: trasladó todo el escrito a su ordenador punto por punto sin alterar una coma, agregó de su cosecha las palabras o frases que el fuego había hecho ilegibles y solamente se atrevió a cambiar el uso de la primera persona en que el codicilo estaba escrito, como suelen estarlo las autobiografías, por la tercera, por parecerle a él que de ese modo el escritor se aleja de la acción, colocándose en un plano menos personal, lo cual le da la posibilidad de criticar a los personajes, posibilidad que desaparece si uno de ellos es, además, quien escribe.

Después de mucho corregir, añadir y enmendar dio por fin la obra por acabada y se dispuso a entrar en negociación con algunas editoriales, haciéndoles creer que la novela era original, producto de su propia invención y compuesta por su mano. Pero yo, que aunque de seco ingenio soy codicioso, con mayor nocturnidad que alevosía me hice con el escrito y ganando a Vidueiras por la mano lo di luego a la imprenta, para disfrute y entretenimiento de lectores desocupados y para remedio de mi bolsa. Y dicha historia tendré el gusto de transcribir aquí cualquier día de estos.

viernes 8 de octubre de 2010

El concepto de la angustia


A pesar del título, quiso que quedara constancia de que siempre estuvo lejos de su intención cometer la inmodestia de pretender utilizar como palimpsesto el libro del genial Kierkegaard, padre de la angustia más angustiosa y tío de todas las demás.

Pero no podía dejar de reconocer que estaba asistiendo, estupefacto, a la desaparición de todo aquello que había constituido su mundo, tanto en el plano personal y familiar como en el puramente físico, pues hasta sus paisajes y sus edificios iban desapareciendo de manera que en ocasiones le resultaba difícil reconocer los entornos en los que se había criado, y por los que había paseado; aquellas calles y lugares en los que, furtivamente, comenzó a admirar los cuerpos de las pequeñas Venus de ojos como el carbón y trenzas brillantes.

En cuanto a las personas, si alguna vez se paraba a echar la cuenta, constataba asustado que el número de seres queridos, entre familiares, amigos y compañeros, que poblaban la parte de allá de las tapias del cementerio iba en aumento año tras año. Y cuando pensaba en cementerio no lo hacía en uno en concreto, pues tanto le daba el Carmen, como las Contiendas como San Justo o Collserola. El caso era que la constatación de la destrucción paulatina pero irreversible de su entorno físico y afectivo le generaba angustia cada vez que recapacitaba sobre ello. Porque tampoco le era posible actuar como aquél feliz inconsciente de la copla:

Cada vez que me doy cuenta
de que tengo que morir
bebo otra jarra de vino
y me harto de dormir.

Siempre le había producido infinita complacencia conversar con personas de más edad que él y no solamente por aquello de recibir consejos, sino porque el único modo que un joven tiene de adquirir experiencia, sin aguardar a que el tiempo pase, es asimilando la experiencia ajena. Pensaba que, al fin y al cabo, los ancianos se hallaban al final de una carrera que quizá él mismo tuviera que recorrer algún día si tenía suerte, porque no hay más que un par de alternativas y envejecer es la mejor de las dos. Por eso, porque esperaba llegar a andar la misma ruta que ellos ya habían andado, le parecía natural intentar averiguar si el camino era fácil o arduo, penoso o ligero, llano o escarpado, tratando de mitigar, con ese conocimiento, la angustia que nos genera lo ignorado. Y ahora, que estaba en esa edad sublime que los poetas llaman el umbral de la vejez, se esforzaba en recordar las enseñanzas de todos los ancianos con los que había hablado en su vida sin que esos recuerdos le sirvieran absolutamente para nada, porque el conocimiento de la angustia ajena no mitiga en absoluto la propia y después de tanto pensar y tanto leer se reconocía incapaz de decidir si su situación actual resultaba cruel, normal o simplemente vulgar.

Con frecuencia le sucedía que al encontrarse con personas de su edad todas las conversaciones se reducían a una elaborada y repetitiva sarta de quejas y lamentos: recuerdos, plagados de nostalgia, de los placeres del amor y de la mesa así como toda suerte de goces de similar naturaleza que se descubren en la adolescencia, se malgastan en la juventud y se acaban con la madurez. Y estas personas se afligen por este quebranto, como si fuera la pérdida de los más grandes bienes que un hombre pudiera atesorar. “La vida de entonces era dichosa” dicen “mientras que la presente no merece ni el nombre de vida”. Algunos se quejan además de los ultrajes a que se ven expuestos por razón de la edad, porque la juventud, afirman, ya no respeta nada, los hijos te obligan a cuidar de los nietos y las cosas no son como antes: son infinitamente peores. Hablan de la edad solo para acusarla y hacerla culpable de todos sus males.

Pero él a veces pensaba que quizá, con ser la edad responsable de muchos duelos, no es la principal causa de todos ellos, porque si fuese así, el paso del tiempo debería de producir indudablemente en todos los ancianos los mismos efectos. Sin embargo todos hemos conocido a algunos de carácter bien diferente. En concreto recordaba que hacía tiempo, encontrándose en conversación con un viejo agudo y vitalista, cuando le preguntó si la edad le permitía todavía gozar del amor le respondió: “Quita, quita, que hace ya varios años que me libré de esa tiranía que me tuvo esclavizado desde los catorce” Entonces pensó que decía la verdad pero ahora cree que el que no se consuela es porque no quiere.

Bienaventurados los animales, porque parece ser que no son conscientes de su propia existencia finita e ignoran que están predestinados a morir. Y bienaventurados también aquellos que son capaces de vivir cada día como si fuera el último de su existencia, porque acabarán acertando. Lo más angustioso del paso de los años no es la pérdida de los placeres que comúnmente se asocian con la juventud sino la constatación del propio deterioro físico e intelectual; un deterioro que somos incapaces de frenar y que sabemos positivamente a donde nos conduce, aunque ignoramos cuando lo hará, que el hombre no podría soportar la vida si conociera la hora de su muerte. La vejez, en efecto, es un estado de reposo y libertad respecto de los sentidos. Cuando la violencia de las pasiones ha rebajado sus fuegos y la premura económica no representa ninguna intranquilidad, se ve uno entonces libre de multitud de furiosos tiranos a los cuales ha estado sometido durante años. En cuanto a los supuestos ultrajes de los que se quejan muchos mayores achacándoselos a la edad, hacen muy mal. Porque no son los años los culpables de eso si no su propio carácter, que cuando uno tiene costumbres suaves y convenientes la vejez es soportable; pero cuando no las tiene incluso la juventud supone una carga.

El que no se consuela es porque no quiere.

Porque además todo esto le llegaba asociado a la pérdida del entorno social, familiar e incluso paisajístico. Desaparecían sus familiares, estaban desapareciendo los amigos y compañeros de tantos años y para colmo habían derruido la mayoría del paisaje urbano en el cual creció, jugó, río y lloró. Verdaderamente es cierto que poco a poco va aumentando el número de personas queridas que ya están del otro lado de la tapia del cementerio y las plazas, calles y lugares en los que había crecido son simplemente viejas fotos en blanco y negro, sitios que no existen, si no es en el recuerdo doloroso. Y no era capaz de explicar cómo ni cuándo había ocurrido todo aquello, porque le daba la sensación de que ayer mismo por la tarde las cosas eran como él las recordaba y las personas estaban donde tenían que estar. No sabía en virtud de qué extraño sortilegio se habían marchado, sin embargo estaba seguro de que ni el paisaje de su infancia y juventud, ni los edificios donde creció ni las personas amadas iban a volver jamás.

Pero de pronto se le ocurrió una idea absurda y novedosa. Todos damos por sentado, lo tenemos asumido y lo creemos firmemente que de la muerte no se regresa, no se puede regresar, se entra en una dimensión de la que nadie puede salir, o a lo mejor simplemente se sale de toda dimensión. Pero quizá, sólo quizá, no es que no puedan volver, es que no quieren hacerlo. Puede resultar que este mundo, este querido planeta, sea simplemente un presidio a dónde envían a cumplir largas condenas a los reos de algún paraíso que existe más allá de la galaxia; quizá, sólo quizá, esto sea estrictamente un lugar de destierro y castigo y ya se sabe que quien ha estado en esos lugares, jamás quiere regresar cuando se aleja de ellos.

Si esto fuera así, no es que no puedan volver, es que no quieren. Y están todos juntos en algún lugar, viviendo en los edificios de siempre y haciendo lo que siempre hacían, esperando a que nosotros acabemos de cumplir nuestra condena. O al menos que nos den la condicional.
El que no se consuela es porque no quiere.

lunes 6 de septiembre de 2010

La educación

A mediados de los setenta parecía que todo el problema se iba a resolver invirtiendo más dinero en educación, más libros y material, más colegios, más profesores, más aulas. Necesitábamos hacer un mejor seguimiento a los niños, aquello de la evaluación continua, la implicación de la familia, la dedicación de los docentes…

Y nos pusimos manos a la obra construyendo institutos, subvencionando colegios y estableciendo por ley estudios obligatorios cada vez hasta edad más avanzada, sin considerar si el alumno servía o simplemente quería estudiar. Hoy los chicos tienen que permanecer en los centros de enseñanza secundaria como mínimo hasta los 16 años, independientemente de que tengan o no capacidad o de que quieran o no estudiar. También emprendimos el camino hacia el acceso a la universidad para todo el mundo y la cultura popular, que es un contrasentido en sí mismo, pues siempre la cultura fue patrimonio de una élite cuyos miembros, hace de esto algunos años, se llamaban intelectuales. Quizá alguien recuerde cuando existían.

Pero el caso es que, después de dedicarnos una década a construir y dotar centros escolares los niños no aprobaban los exámenes, con lo cual no podíamos llevar a cabo ese magnífico plan de que todo el mundo terminara el bachillerato, para figurar en las estadísticas de la UNESCO como el país con mayor número de personas con estudios secundarios. Un desastre. Con el dinero que nos habíamos gastado en institutos y en formar profesores y ahora resultaba que todo aquello era un fracaso, simplemente porque los chicos no estudiaban, no aprobaban los exámenes y entonces el porcentaje de los que terminaban la enseñanza secundaria era exactamente el mismo que cuando no existía el concepto de cultura popular.

¿Qué podíamos hacer? A alguien se le ocurrió la idea genial: hay que bajar el nivel de exigencia, los pobres niños no aprueban porque les pedimos demasiado, es preciso reformar los planes de estudio para que todos los chavales puedan terminar la enseñanza secundaria y acceder a la universidad. Además, cuantos más universitarios haya, más moderno y culto se considerará al país y cuantos más alumnos procedentes de un colegio accedan a estudios superiores, más eficiente y elitista se considerará el colegio. Lo primero que hicimos fue suprimir las reválidas, que eran un método por el cual a los catorce años se le explicaba a un niño que, bien por su incapacidad o por su vagancia, no era adecuado para seguir en la enseñanza secundaria. Entonces de ese niño hacíamos un fontanero, en lugar de un fracasado escolar. Claro, esto no es democrático porque todo el mundo tiene que tener derecho a todo siempre y como lo de la supresión de las reválidas no fue bastante se pusieron en marcha diversos planes de estudios, modificaciones de los mismos y órdenes ministeriales explicativas de los puntos oscuros. Así, en unos cuantos años hemos llegado a que resulta suficiente conocer la tabla de multiplicar para entrar en la Escuela de Ingeniería Aeronáutica.

_ ¿5x3?

_ 15

_ ¡Muy bien! ¡Hala! ¡A estudiar dinámica de fluidos!

Luego nos preguntamos por qué ocupamos el puesto 18 en la Unión Europea en número de científicos y el primer puesto en fracaso escolar.

Pero la palabra “educación” es una de esas que todos los políticos de todas las tendencias pronuncian en cada mitin y en cada entrevista. Yo he tenido la paciencia de elaborar una lista con las palabras más pronunciadas por nuestros representantes y “educación” ocupa el primer lugar. Luego viene trabajo, sanidad, unidad, solidaridad y un largo etc. en el que ya existen diferencias por razón de ideología: por ejemplo la derecha utiliza más la palabra “España” y la izquierda la palabra “trabajadores”. Pero en lo de la educación no falla nadie. Parece que todos están de acuerdo en que el sistema educativo apesta, pero sin embargo con incapaces (como casi siempre) de buscar una solución, a pesar de que se supone que buscar y aplicar soluciones a los problemas de la sociedad, es precisamente su cometido y su razón de ser y además cobran buenos sueldos por hacerlo.

Sin embargo yo creo que el asunto de la educación, como tantos otros, jamás se solucionará, no mejorará en absoluto, hemos de olvidarnos de eso y tratar de ser felices con lo que tenemos. Esto está ocurriendo en muchos otros países, de lo cual mi paranoia deduce que hay alguien a quien no le interesa que los sistemas educativos funcionen. Efectivamente, los dueños del mundo no quieren educación de calidad. Y estoy hablado de los verdaderos dueños del mundo, los grandes financieros que controlan enormes fortunas y poderosas corporaciones que tienen intereses en cualquier asunto importante y que realmente son quienes toman todas las decisiones trascendentales. Vamos a olvidarnos de los políticos. Los políticos están ahí puestos, para hacernos creer que tenemos libertad para decidir qué tipo de actuaciones queremos que se lleven a cabo en nuestro país y quienes están más capacitados para hacerlo. Esto es un cuento, vamos a dejar de lado toda esta falacia. No tenemos libertad de elección, no la tenemos.

Lo que tenemos son dueños. Tenemos dueños de todo: desde las grandes empresas que producen los alimentos que comemos y la ropa con la cual nos vestimos, hasta las grandes cadenas de distribución que colocan todo en el lugar adecuado para que nos lo podamos llevar a casa; nuestros dueños controlan los bancos, las corporaciones multinacionales, corrompen políticos, compran intereses, presionan a los gobiernos y tienen en su cartera a muchos alcaldes, concejales y jueces. Son los amos de los grandes medios de comunicación, así que pueden decidir qué información recibimos. En definitiva: estamos en sus manos. Se gastan millones cada año en pagar corrupciones, presiones, chantajes; en publicidad de sus propios productos y en propaganda de la forma de vida que a ellos les interesa que llevemos. No van a parar hasta conseguir lo que quieren.

Pero nosotros sabemos lo que quieren. Quieren más todavía para ellos y menos para todos los demás. Y también sabemos lo que no quieren: no quieren una población de ciudadanos cultos e instruidos capaces de pensar críticamente y de tomar decisiones colectivas; no quieren gente formada, informada y con pensamiento crítico; no están en absoluto interesados en promover eso, porque no les ayudaría para nada a conseguir sus objetivos y a defender sus intereses. No quieren personas suficientemente listas como para ser capaces de sentarse y pensar en la manera en que están siendo manipuladas y engañadas por un sistema que hace treinta años los tiró literalmente a la basura, se desentendió de ellos y paso a considerarlos únicamente como fuerza de trabajo y como consumidores. Los grandes dueños del mundo quieren que las cosas permanezcan como están, necesitan millones de trabajadores obedientes e incapaces de elaborar un solo pensamiento crítico. Trabajadores obedientes que nunca lleguen a tener la capacidad de raciocinio suficiente como para cuestionar el sistema. Trabajadores obedientes y alienados que sean lo suficientemente listos como para hacer funcionar sus máquinas y realizar el trabajo administrativo de sus empresas pero lo bastante estúpidos como aceptar sin rechistar el aumento de jornada, los salarios de miseria, el incremento de los beneficios para el capitalista y la reducción de las pensiones. Pero sobre todo, por encima de todo quieren también que los trabajadores obedientes consuman, que se gasten todo lo que ganan en productos superfluos, que adquieran coches, televisiones, ordenadores, teléfonos móviles, viajes… Si puede ser a crédito mucho mejor, porque así se benefician también sus amigos banqueros. El círculo se cierra: ganan dinero a base de explotarlos en el trabajo y siguen ganando dinero cuando los explotados trabajadores obedientes compran sus productos. Porque en definitiva, los dueños del mundo lo quieren todo, absolutamente todo, para enviárselo a sus amigos criminales y ladrones de Wall Street. Lo quieren todo y lo que verdaderamente da miedo es que sabemos que, tarde o temprano, lo tendrán. Lo tendrán porque son los dueños absolutos de esta sociedad capitalista y de este mundo miserable. Es un gran club, un club de élite y a nosotros no nos han invitado a pertenecer a él. Es el mismo club que utilizan para triturarte todo el día la cabeza diciéndote lo que debes creer; todo el día machacándote con sus medios de comunicación para decirte cómo debes vestir, qué comida debes comer, qué música tienes que escuchar, qué nuevo electrodoméstico necesitas y con qué acontecimientos has de emocionarte. Las buenas cartas siempre les entran a ellos; el juego está amañado.

Pero nadie parece darse cuenta de esto y a nadie parece importarle. Las buenas personas, trabajadoras y honradas, oficinistas, obreros, empleados; toda esta buena gente, continúan eligiendo a su políticos ineficaces o corruptos, a quienes no les importamos lo más mínimo, no les importamos un bledo, no se preocupan por nosotros para nada en absoluto, para nada. Y nadie parece darse cuenta o a nadie parece importarle. Los dueños del mundo cuentan con eso y esa es la razón de que sea necesario mantener a la gente obstinadamente ignorante y por eso todos los planes de estudios fracasarán. Los amos de todo esto saben la verdad, ellos sí son conscientes de todo.

jueves 26 de agosto de 2010

Corazón herido

De soledad herido y casi muerto,
roto mi corazón en su armonía,
amanece la noche cada día,
llega la oscuridad a este desierto

Me mata el encontrarme al descubierto,
en tan estrepitosa lejanía,
encogido de angustia por la fría
certeza desolada de lo incierto.

De presente y pasado vengo herido,
llevan mis venas sangre acidulada
que perfora mi piel tan desgastada.

Maduro y frágil con cada latido,
al ritmo de la vida ya pasada
palpita el corazón estremecido.

viernes 13 de agosto de 2010

La sinceridad


El desprecio que sentía por la sociedad en general se debía, a su parecer, a algo tan sencillo como la ética; o mejor dicho, la absoluta carencia de ella, al menos del modo simple como él la había entendido siempre. Esto podría demostrarse de diversos modos, pero, por poner un ejemplo, planteaba una serie de sencillos axiomas: un director ejecutivo de un banco que, por pura incompetencia, pierde cientos de millones en disparatadas operaciones especulativas, no debería conservar su puesto de trabajo. Un empresario que se dedica a negocios ilegales mediante empresas tapadera debería ir directamente a la cárcel. El dueño de una inmobiliaria que obliga a los jóvenes a pagar un pastón en dinero negro por un cuchitril inmundo donde ni los cerdos vivirían, debería ser expuesto inmediatamente al escarnio público.

El pensaba que en esta sociedad tendría que existir alguna persona o institución encargada de vigilar de cerca y desenmascarar estas actuaciones de los tiburones financieros que provocan crisis de intereses y que especulan con los pequeños ahorros de la gente en chanchullos sin sentido de empresas inviables. Sin embargo tenía la convicción de que nadie realmente controlaba estas cosas porque el dinero y el poder que se movía en torno a esta gentuza era tanto que no había la menor posibilidad de controlar a su vez al controlador, todo esto en medio de una sociedad sumida en la indolencia y la desidia, en la cultura del beneficio rápido y cuya máxima aspiración es lograr las cosas sin esfuerzo. En esto del control de las operaciones financieras de riesgo o de los negocios directamente delictivos no pensaba, desde luego, ni en los poderes públicos absolutamente ineficaces e incompetentes y ni siquiera en las fuerzas del orden. Los periodistas políticos, por ejemplo, no dejan de estar ojo avizor, a veces de modo inmisericorde, para someter inmediatamente al conocimiento y escarnio público cualquier paso en falso dado por ministros o parlamentarios. Sin embargo no existe nada parecido en relación con los grandes empresarios y financieros, absolutamente opacos en sus obscenas maniobras y en sus ostentosas vidas privadas. Nadie sabe nada de ellos hasta que un escándalo de proporciones gigantescas sale a la luz, dejando en la ruina o sin trabajo a cientos o miles de personas honradas.
Pero todavía hay algo peor. Admiramos a estos tiburones de pacotilla, a estos carroñeros de la sociedad. Cierta prensa y ciertos programas de televisión se dedican a exhibir y jalear los supuestos triunfos de estos depredadores y a disculparlos después en su caída. Personas que votarían por la pena de muerte para alguien que les roba el coche, excusan íntimamente a especuladores inmobiliarios, banqueros incompetentes y empresarios explotadores. Nunca había sido capaz de comprender por qué la prensa se cebaba con una especie de reiteración obsesiva en un parlamentario o un alcalde que había obtenido alguna ventaja relacionada con su cargo, mientras pasaba de puntillas sobre operaciones que suponían miles de millones de pérdidas para personas o instituciones; pérdidas que generalmente acababan recayendo sobre el dinero público.

Quizá todo sea debido a la cultura del beneficio fácil, de la fama y de la falta de esfuerzo. Porque ahora parece que todo el mundo es sujeto de todos los derechos simplemente por el hecho de nacer. Los premios o los logros que antes se conseguían a base de constancia, voluntad y trabajo, parece que ahora son derechos inalienables de las personas, con tanta validez como el derecho a la vida o a la libertad. Hace treinta o cuarenta años nos decían que había que trabajar y esforzarse, que las cosas se consiguen con tenacidad, que la honradez es una virtud y que el respeto por los bienes ajenos es incuestionable. Pero ahora, del mismo modo que escuchamos publicidad del tipo “adelgace sin pasar hambre” “deje de fumar sin esfuerzo” o “aprenda inglés en diez días”, quizá de algún modo subliminal nos están también transmitiendo “hágase rico sin prejuicios”, “supere la honradez” “piense solamente en sí mismo”.
El mantenimiento de las antiguas convicciones (trabajo, esfuerzo, tenacidad, constancia, honradez, respeto) le había llevado a protagonizar algún que otro sonoro enfrentamiento, antes con sus compañeros de trabajo y ahora con sus colegas de vino y cafetería lo cual, en definitiva, solo conseguía aumentar en él el profundo desprecio que sentía hacia esta sociedad, de modo que todo se convertía en un infernal círculo vicioso.

La base del asunto debe ser que su evolución ética y estética no llegó a traspasar el umbral del año 68. Por otra parte tampoco ha sido capaz de gestionar adecuadamente la sinceridad, y como decía Groucho Marx, el inefable, la sinceridad es el problema. Una vez que aprendes a superarla y a mentir, lo tienes todo resuelto.