miércoles 30 de julio de 2008

Los Pirineos

Desde Jaca a Viella pasaron por Sabiñánigo, visitaron Broto y al llegar a Aínsa, remontaron cuanto les fue posible el curso del río Ara, que tiene a gala ser el único de España que en sus 70 Km. de recorrido, no está represado ni modificado por el hombre. Con esto consiguieron llegar a lo más recóndito y elevado del Pirineo. Estas poblaciones perdidas en lo profundo de maravillosos valles, hundidas y rodeadas de las montañas más altas de la península representan desde luego las postrimerías de una cultura rural, ganadera y agrícola, completamente extinguida a día de hoy, pues la industria actual de estos pueblos es el turismo. Aínsa, sobre todo, con sus casonas blasonadas, construidas de buena fábrica de mampostería, con zócalos de sillarejo o incluso sillería en los más nobles edificios, constituye el paradigma de lo que decimos. En la década de los cincuenta no existía en aquella población ningún hotel, ni pensión, ni restaurante. La gente vivía de la madera, de la ganadería extensiva de montaña, de la caza y la pesca. Hoy es prolífica la comarca en hoteles, casas rurales, apartamentos, senderismo y todo este tipo de actividades que pretenden rememorar lo que un día constituyó realmente la vida de unas personas. Y así, llegan los madrileños y barceloneses, vestidos de Coronel Tapioca; alquilan un apartamento; hacen una ruta a pie y otra a caballo mientras los adolescentes se aburren y mandan mensajes por el móvil. Al cabo de dos o tres días regresan a sus ciudades, donde explican orgullosamente que han estado caminando por un lugar ¡sin asfaltar! Jo tío, imagínate, es que lo flipas ¿no? ¡Qué guay!

Josep Plá describía el valle de Arán como una esmeralda y ese es efectivamente el aspecto que tiene visto desde el alto de la Bonaigua. Pero cuando llegas a través del túnel, dejando a la izquierda la imponente mole del Aneto y recorres el valle desde Viella a Bossost, solamente observas las inmensas masas montañosas que te rodean e imaginas lo que debe haber sido un invierno allí, antes del túnel, antes de la estación de esquí de Baqueira, antes de los hoteles y del turismo. Las condiciones de aislamiento y pobreza en una población hoy tan próspera debieron resultar muy duras. De hecho, sus habitantes hablan un idioma que no es ni castellano, ni francés, ni catalán, lo cual resulta el prototipo de la incomunicación. El valle se abre naturalmente hacia el norte porque allí se da una circunstancia muy curiosa, que casi todo el mundo ignora a excepción de los propios araneses: existe un río, un importante río que nace en España y desemboca en Francia, en el Atlántico. Efectivamente en el valle de Arán, en el municipio de Canejan, nace nada menos que el Garona que después de pasar por Toulouse y Burdeos desemboca en Royan, a 60 kilómetros al sur de La Rochela.

El hotel Acevi Vall d´Arán los acogió un par de noches, mientras recorrieron casi todas las localidades del pequeño valle, tratando de entablar conversación con los pocos aborígenes que encontraban, porque es bien sabido que en las zonas de esparcimiento masivo suele haber cinco veces más visitantes que vecinos. Pero ellos tenían un concepto del turismo que no encajaba en absoluto dentro de los gustos al uso. Se trataba de hablar con la gente, de modo que a todas partes que iban procuraban pegar la hebra con algún anciano, de esos que te encuentras en cualquier lugar, armados de bastón y de paciencia, tocados con boina o visera, siempre solos y ansiosos de ser escuchados, satisfechos de transmitir sus conocimientos irrepetibles. Existen en el valle algunas poblaciones algo apartadas que se mantienen un poco más libres de pretensiones turísticas y en estas emplearon precisamente el tiempo, porque contemplar lujosas mansiones o sofisticados chalés no les motivaba en absoluto y en todo caso bastante menos que la conversación con un venerable abuelo que en Bossost recordaba perfectamente el maquis, el contrabando, los judíos que llegaban de Francia huyendo del terror nazi... Un libro de historia viva, a quien invitaron a comer y con quien pasaron un buen rato conversando, en gratísima y enriquecedora charla.

Pero si algo indica verdaderamente lo que era el aislamiento de este valle es el tratar de abandonarlo no a través del moderno túnel, sino salvando el puerto de la Bonaigua. Hemos de considerar primero que si bien el túnel lleva en servicio algo más de cuarenta años, la carretera que atraviesa la Bonaigua se construyó en 1.925 lo cual nos indica que antes de esta fecha, la gente nacía, vivía y moría en el valle sin salir nunca de él, como no fuera hacia Francia, pues ya decimos que a pesar de ser suelo español, el valle de Arán se abre hacia el norte, siguiendo el curso del Garona.

Intrépidos, decidieron trasladarse a Puigcerdá, como estaba previsto, pero en lugar de hacerlo desandando parte de lo andado y utilizando el túnel, quisieron atravesar la Bonaigua hasta Esterri d´Aneu, ruta habitual y única hasta hace cincuenta años, pero hoy evidentemente descartada por los viajeros prudentes.

La subida del puerto, hasta Baqueira pasando por Artiés y Tredós no es mala, pues las célebres pistas de esquí justifican sobradamente el mantenimiento de una amplia carretera muy sinuosa pero bien asfaltada y con anchos arcenes. Al fin y al cabo, de Baqueira a Viella, la capital del valle, solamente hay 14 kilómetros, aunque eso sí, de una descomunal pendiente.

Llegados a la estación de esquí decidieron tomar un café y recabar información a los nativos acerca del estado de la carretera que atravesaba la Bonaigua, y por todas partes recibieron consejos totalmente contrarios al intento, calificando incluso de estulticia el pretender atravesar el viejo y peligroso puerto existiendo ya el túnel. Claramente se veía que los araneses poseían un eminente sentido práctico de los quehaceres y un sentimiento trágico de la vida, contrapuestos ambos absolutamente con los de aquellos que consideraban un privilegio pisar donde nadie había pisado y contemplar un paisaje virgen disfrutando por el propio hecho de mirar, sin necesidad de poseer o acudir a ninguna parte. El viaje en sí mismo constituye el destino.

Pero fuese como fuera resolvieron emprender la marcha. A partir de Baqueira la carretera cambiaba espectacularmente pues al no utilizarse no se consideraba lógico invertir en su mantenimiento. En puridad y en la época a la que nos referimos, hace más años de los que nos gustaría, la vía debería haber abandonado el ampuloso nombre de carretera, pues convertida en un camino forestal con restos de asfalto de vez en cuando, ascendía zigzagueante hasta lo alto del puerto, donde existe una pequeña iglesia y donde pararon para contemplar efectivamente la esmeralda del valle, desde los 2.000 metros de la Bonaigua. Una manada de caballos pastaba en una ladera cercana y en el prado que rodeaba la iglesia (iglesia de la virgen de Ares, curioso y bélico nombre) una explosión de vida saltaba a cada paso: cientos de insectos en un prado jamás contaminado por los insecticidas.

Pensaron que no había sido tan difícil la ascensión al puerto. Cierto que la carretera dejaba mucho que desear, con un precipicio cortado a pico prácticamente en el lado derecho subiendo; pero no era el conductor hombre que se arredrase por eso, acostumbrado al Padornelo, La Canda, Pedrafita, el Manzanal, el Alto del Árbol… Galicia es paisaje montañoso y el mal estado de sus carreteras es proverbial, pero él las había recorrido casi todas en profundidad.

Sin embargo la cosa cambió cuando iniciaron el descenso del puerto. Parece que hasta el alto de la Bonaigua algo de mantenimiento se invertía en la vía, quizá debido a la propia existencia de la iglesia, que a no dudar gozaría de la devoción de los araneses. Pero a partir de ahí, el descenso por la ladera sur del Pirineo hasta Sorpe y desde allí hasta Esterri d’Aneu resultaba más propio de un explorador, tipo de la Cuadra Salcedo, que de unos excursionistas más o menos domingueros. Solo queremos hacer notar que emplearon una hora en recorrer los 25 kilómetros que separan Baqueira de Esterri. Ahora bien: nos faltan palabras para describir un paisaje tan agreste y monumental, con poblados bosques de abedules, arces y abetos; manchas de hayas y robles, nogales, ríos, arroyos, torrentes, cascadas aprovechadas a veces con una pequeña presa y una mini central eléctrica, siempre a la sombra imponente del padre Aneto, que lo vigila todo, con su ojo manchado de nieve blanca, allá cerca del cielo. Desde su trono contempla los desvelos de las criaturas que rebullen a sus pies: los trabajos de las ardillas y los desmanes, el esfuerzo de la trucha remontando, el bombardeo del quebrantahuesos, el vuelo en picado del águila, el delicado paso del muflón, e incluso el renqueante sufrir del motor del Renault 11, bajando lentamente, aplastando tomillos y aulagas con las ruedas, abandonada ya por completo la pretensión de denominar carretera a aquella calzada romana. Pero allí, en la bajada de la Bonaigua, en la cara sur de los Pirineos, se amaron como nunca, estando los dos a solas en un paraje agreste, solitario, magnífico y monumental, unidos entre sí y también con el cielo y con la tierra.

Ya hemos dicho que entre Baqueira y Esterri d´Aneu, lo que en su día fue carretera transcurría por entonces a través del paisaje más despoblado e impresionante que ambos habían visto. Pedrafita, La Canda, El Padornelo… representan un juego de niños en comparación con aquello. Nadie va ya por esa ruta, porque la construcción del túnel de Viella la ha dejado obsoleta y prácticamente intransitable. La gente consciente prefiere veinte minutos de túnel a dos horas de puerto, pero ellos aquél verano actuaron más como intrépidos aventureros que como personas consecuentes. Al salir de Viella, como les previnieron tanto contra el puerto, compraron los bastimentos y bebidas necesarias pues no descartaron la posibilidad de que les alcanzara el hambre en el trayecto y pudieran comer en cualquier parte, antes de llegar a Esterri o a algún otro lugar habitado, como así fue en efecto. De manera que cuando sus estómagos comenzaron a pedir lo que les pertenecía, dejaron el coche en la embocadura de una estrecha senda o vereda y por ella se metieron hasta que se alargaron como cien metros del camino principal, que no otra cosa era la carretera. Y allí, en medio del sotobosque de abrojos y alholvas, sobre el centón que siempre llevaban en el maletero comieron y bebieron muy a su sabor de lo que habían llevado. Después de siesta, no muy larga, avanzaron otro poco por la moheda hasta que se internaron un punto en lo más cerrado del arcabuco, llegándose a un nocedal con algo más de docena y media de árboles viejos, frondosos y tan cargados de fruto como darse pueda. Por la fecha, las nueces no estaban en sazón pero aún comieron varias después de apalear unas ramas con un varal. Eran nueces completamente silvestres, sin tratar, no pequeñas, pero muchas con cariedón, aunque las sanas eran mollares, sin bizna y con la carne rígida y sabrosa como la de una veinteañera. El aroma de las alholvas ascendía del campo y el sol estaba iniciando su descenso hacia el ocaso pues serían como las cinco de una calurosa tarde de Agosto aunque la temperatura era agradable a la sombra de los viejos nogales. Allí, despojados de la ropa, se amaron dulce y largamente, fundiéndose con la tierra, mientras una pareja de carboneros miraban intrigados la escena posados en la rama de un árbol. A lo lejos se escuchaba el ulular de la lechuza y algo más cerca un pájaro carpintero horadaba su nido con el monótono y repetitivo golpear de su pico en la madera. Al terminar, él contempló la desnudez de ella y la abrazó con amor, con respeto, con dulzura; acariciando su cuerpo, apreciándola, admirándola, pasando mansamente sus dedos por la suave piel, besando sus pechos, diciéndole y declarándole su amor hasta quedar ambos abrazados en silencio tumbados directamente sobre la hojarasca. Los pequeños animales ocultos acabaron al poco por acostumbrarse a su presencia inmóvil y la vida resonó nuevamente en el bosque. Cuando te tumbas directamente sobre la tierra al principio es molesto. Sientes el diminuto corretear de las hormigas sobre tu piel y las chinas se te clavan en la carne. Pero eso solamente es al principio hasta que te integras con el suelo, hasta que te unes en perfecta simbiosis con la madre tierra. Este proceso es tan corto o tan largo como tú estés dispuesto a hacerlo cada vez, dependiendo de si piensas en tu cama o en el Universo. En aquella ocasión, después de hacer el amor en lo más agreste del Pirineo, su fusión con el lugar fue instantánea. Con las mejillas apoyadas en ese microcosmos que había acabado por aceptarles reanudando su ritmo, pensaron que, aunque fuera sólo por un momento, por no romper con su futilidad la armonía de lo que les rodeaba, deseaban dejar de razonar. Renunciaban a ser sapiens. Y como sucede con casi todos los piadosos deseos, este también les fue concedido y ambos se durmieron profundamente.

Despertaron completamente satisfechos, volvieron a vestirse, recogieron los pertrechos y reemprendieron la marcha. Cuando por fin llegaron a Esterri, era casi de noche por lo que decidieron pernoctar allí mismo, sin querer continuar el viaje hasta Puigcerdá como estaba previsto. Así el Hotel Esterri Park acogió sus exhaustos cuerpos y después de duchados y cenados, descansando ya entre las inmaculadas sábanas, soñaron con la cama de hojas de nogal que había quedado allá arriba, en algún lugar cerca de Sorpe

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Me ha gustado porque descubre un cierto lado romantico, pero yo personalmente prefiero las sabanas. L.